Mario Giacomelli (1925-2000) fue uno de los fotógrafos italianos más interesantes del pasado siglo, aunque él seguía siendo en el mejor sentido de la palabra un aficionado incluso después de llegar a ser famoso por su trabajo. Su interés en fotografía fue inspirado por las películas italianas de la posguerra del neo-Realists-Realists tales como Vittorio De Sica y Roberto Rossellini.
En su juventud, Giacomelli también se interesó por la poesía. Pero en 1954 la fotografía le hizo descubrir un modo distinto de escribir las emociones y de cuestionar al mundo preguntándose “por qué la naturaleza vuelve siempre a la vida y el hombre no”.

Poeta y pintor, Giacomelli utiliza la cámara “como un lienzo” sobre el que se puede hacer todo aquello que se quiera. Bastante alejado de los protocolos de la estética fotográfica, sus imágenes destilan los signos característicos de lo borroso, del movimiento: son deliberadamente imprecisas. Para ello, interviene sobre las fotografías utilizando técnicas de quemado y enmascarado que dotan a su obra de un léxico absolutamente personal y poderosamente expresionista.
Apartado voluntariamente de la vida metropolitana (vivió en un pequeño pueblo turístico de la costa adriática), se mantuvo atento a las evoluciones del arte contemporáneo frecuentando los círculos de la vanguardia de su país (fue amigo de Alberto Burri). En 1964, John Szarkowski -conservador de fotografía del MOMA de Nueva York- le incluyó entre los 100 mejores fotógrafos de la colección del museo neoyorquino.
Es sin lugar a dudas el fotógrafo italiano más apreciado en todo el mundo. Su manera de aproximarse a la realidad no tiene referentes en la historia de la fotografía. Su estilo independiente, anárquico y valiente le ha permitido transitar los más diversos temas dejando siempre su poderosa impronta personal en las imágenes. De hecho, algunas de sus fotografías se han convertido con el paso de los años en verdaderos iconos de la sociedad rural italiana.
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