En japonés, la palabra para fotografía es “shashin”. Se compone de dos ideogramas “sha”, que significa reproducir o reflejar, y “shin” que significa verdad. Por lo tanto, dentro de la mentalidad japonesa, el proceso mismo consiste en capturar la verdad, o esencia de algo y “copiarla” sobre una superficie.
Durante los años noventa, han surgido un número de fotógrafos japoneses con series en las que se cruzan los caminos del arte y la fotografía, basada en conceptos muy sólidos. Pueden a grandes rasgos, dividirse en dos grupos: uno que usa la fotografía como su medio preferido de aproximarse al mundo desde un punto de vista individual; el otro trabaja con este medio para acceder a lo imaginario y trascender el tiempo y el espacio.
En el primer grupo, tenemos a Naoya Hatakeyama, quien trabaja utilizando una gran variedad de ángulos para comentar sobre la evolución del paisaje urbano.


A Toshio Shibata quien revela las bellezas escultural de las presas y otras obras públicas anónimas.


A Ryuji Miyamoto, quien captura los restos de la civilización en objetos y estructuras en estado de descomposición.


Y a Taji Matsue, quien utiliza la fotografía aérea para resaltar la topografía de lugares específicos.


En el segundo grupo se encuentran: Hiroshi Sugimoto, cuya obra puede ser vista como un comentario critico de la historia y la temporalidad.


Mientras que Yuki Onodera, que ha publicado series de imágenes muy diversas, puede decirse que ha liberado la imaginación y le ha quitado todo peso.


Los textos han sido obtenidos del maravilloso ensayo de Mariko Takeuchi traducido por por Philippa Neave.
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